El año pasado me embarqué en el curso “Escrituras: creatividad humana y comunicación”, dictado por Flacso Argentina. En el curso se abordan tres módulo: Escritura Literaria, Escritura Ensayística y Periodismo Cultural. Como Practicum Final elegí realizar una crítica literaria sobre el libro “Aguafuertes Gallegas y Asturianas”, de Roberto Arlt, comprado en la edición 2015 de la Feria del Libro de la Ciudad de Buenos Aires.

Crítica de la obra literaria “Aguafuertes gallegas y asturianas”.

Autor: Roberto Arlt.  1999. Editorial Losada. Buenos Aires.

 

 Si Roberto Arlt escribiera en estos tiempos de seguro hubiera creado un blog de relatos de viajes, de esos que hoy se encuentran por docena. Claro que se diferenciaría de unos cuantos blogueros actuales que son condescendientes con los destinos que los invitan, y se posicionaría como uno de esos viajeros emperrados en describir lo que ve.

En la selección de artículos escritos por Roberto Arlt para el diario El Mundo durante el año 1935, hoy conocido bajo el título “Aguafuertes gallegas y asturianas”, el autor logra trazar con palabras, postales costumbristas de esas dos regiones de España. Sin poder evitar su devenir porteño, triangula sus percepciones sobre Galicia y Asturias con Buenos Aires, ciudad a la que va y vuelve con las palabras, cual viajero nostálgico que extraña su hogar. En un tono descontracturado e ingenuo, Arlt invita al lector a recorrer sus crónicas de forma sencilla y concreta, aunque no por ello menos crítica. Sus escritos son fruto del contacto liso y llano con lo cotidiano, con los paisajes que se montaban entrando el día, con los rostros y las historias que él encontraba detrás de ellos.

La mayor parte del libro está destinado a Galicia y a su gente, elementos que se presentan constantemente relacionados y que, evidentemente deslumbraron al autor. Esta región despertó la admiración de Arlt hacia ciertos atributos y valores de los gallegos, y no hace esfuerzo alguno por disimularlo. La incomprensión del gallego, su subestimación y burla generan en Arlt una sensación de franca injusticia, una necesidad imperiosa de reivindicar la condición de “ser gallego”.

El porteño, en cambio, es pintado esporádicamente por el autor como un niño consentido al que nadie jamás obligaría a trabajar, como a un flojo que en lugar de aprender de la fortaleza del gallego, se ríe y burla de él. Protegido por la distancia, Arlt se anima a sentenciar algunos dichos que dudo seriamente pudiera haber escrito en un café de Esmeralda y Corrientes: “Convertimos en síntoma de superioridad la falta de capacidad”. O lo que es aún peor: “Si nosotros, los argentinos, tuviéramos que emigrar a Galicia a ganarnos la vida, moriríamos de hambre”.

Web del Ministerio de Salud de la Nación.

Para Arlt, lo brutal del gallego está ensamblado en su entorno: la dureza de un paisaje que se caracteriza por la resistencia del viento, el salitre de un mar que no perdona y las montañas que, cual paredones, fraccionan los pueblos y las aldeas. Defiende a capa y espada la sensibilidad del gallego y culpa una y otra vez a Galicia por obligarlos a ocultarla.

Hay otros dos hilos que Arlt presenta de forma reiterada y denotan en él cierta atracción y angustia: las mujeres gallegas y la muerte. Las mujeres de Galicia despiertan en él ciertos deseos incumplidos que vuelca al papel a modo de consuelo por no poder acercarse físicamente a ellas. Las enaltece, las diferencia de las mujeres de otros países y regiones no solo por su belleza, sino también por su energía, su fortaleza y su tolerancia al dolor que causa la muerte y las partidas.

La muerte, en cambio, se hace presente para describir entornos, ambientes, atmósferas. Algunas ciudades están “como muertas”, aburridas, religiosamente ocres y ausentes de vida. A mi parecer muy injustamente, Arlt sentencia sobre Santiago de Compostela: “En esta ciudad no se vive, se perece (…) en esta ciudad no se vive, se muere”. Y así continuamente la muerte aparece en sus crónicas como todo aquello carente de vida. Por momentos Arlt olvida su postura de humilde escritor para dirigirse a otros escritores, en una suerte de dialogo paralelo, dejando fuera al simple lector. Cuando advierte de su desviación, retorna a la conversación sin mayores preámbulos.

En las últimas crónicas gallegas cae en la esperada comparación entre el gallego que vive en Galicia y aquel que emigró hacia Argentina, dejando una puerta abierta a futuros relatos que puedan tenerlos como protagonistas a su regreso a Buenos Aires. Queda en claro la intención de Arlt de no ser un mero cronista o corresponsal de viaje, sino de hacer justicia hacia un pueblo que le supo provocar su admiración.

Ya en Asturias, el autor da rápidas cuentas de que no se encuentra en medio de un escenario de cuento aldeano, sino que, para entonces, es el epicentro de revueltas sociales y políticas en la España que transita la antesala de la guerra civil. Allí Arlt se aleja de la escritura impresionista y apolítica de Galicia y se transforma en corresponsal de una víspera de conflicto que lo expone a la muerte física y real. Las crónicas dejan de ser poéticas para bajar el relato al llano.

En un tímido rol periodístico, Arlt se sumerge en una mina de carbón donde la oscuridad invade el relato. En la lectura, por momentos, se puede sentir a flor de piel las ganas del autor de abandonar el lugar y escapar de lo que podría ser una muerte segura. Deja ver entre líneas cierta culpa al comparar sus tareas diarias con las de esos arriesgados mineros. Se siente disfrazado e incluso ridículo al tener que usar casco y elementos de trabajo.

Lejos de buscar el testimonio de los mineros y rescatar sus impresiones, Arlt tan solo se pregunta cosas tales como: “¿Quién podría salvarnos si repentinamente se desplomara una galería? ¿Qué puede significar una ametralladora o un presidio para estos hombres que viven enterrados vivos?”. Hacia el final del libro se hacen aún más reiterativos estos temores inconclusos, llenos de preguntas abiertas. Los lectores se encontrarán, probablemente, con un final de libro comparable al cierre de una puerta por los efectos del viento, fuerte y seco, con ganas de más.

En “Aguafuertes Gallegas y Asturianas” Arlt se ensambla como un expedicionario, como un observador refinado de la realidad de aquellos paisajes fragmentados y heridos por la migración y los conflictos sociales, enalteciendo la fortaleza y el valor del gallego, la resistencia del asturiano, y justificando sus nostalgias reiteradas en tierras lejanas. En estas aguafuertes se reúne mucho más que las crónicas de Arlt para diario El Mundo. Aquí se fusionan en un libro al viajero, al curioso, al periodista y al escritor, y el lector deberá estar preparado para ello.