Sabrina Hoffmann

Sabrina Hoffmann

Argentina

Mi nombre es Sabrina. Tengo 30 años, vivo en Buenos Aires. Cantante.

Durante seis meses, estuve trabajando en un crucero junto a mi cuarteto de jazz & bossa nova.

Rio de Janeiro

Islas Malvinas

Valparaiso

Allí recorrí ciudades de todo el continente. Durante seis meses recorrí ciudades de todo el continente, viajando desde Rio de Janeiro, Brasil, pasando por Islas Malvinas, cruzando el Océano Pacífico hasta llegar a San Francisco, en la costa oeste de Estados Unidos.

Los primeros cinco meses de viaje, el crucero hizo seis el mismo recorrido en forma en U: Río de Janeiro, Islas Malvinas, Valparaíso, Islas Malvinas, Río de Janeiro.

La primera vez fue esquiva

Cuando el barco llegó a las Malvinas no pudimos bajar porque, como parte de la tripulación, teníamos que dar prioridad a los pasajeros a bordo. Recuerdo que era un día muy ventoso y resultaba complicado, incluso para los pasajeros, descender con los tender que los llevaban del barco hacia la isla. De todos modos, recuerdo haber ido a cubierta y mirar desde lejos el paisaje con cierta melancolía que no lograba entender.

Mi padre

Tengo 30 años, y lo cierto es que yo no viví la guerra. No tengo familiares o amigos cercanos que hayan ido. Recuerdo sí lo relatos de mi papá, quien hizo el servicio militar o la Colimba.

Aprovecho para contarles que COLIMBA son siglas que significan CORRE LIMPIA BARRE. Yo me entere de esto hace muy poco. A él no lo mandaron a las Malvinas después de la Colimba.

Él me aclaró: ‘’Hice la COLIMBA, en 1980, quede como dragoñante (soldado destacado) y al año siguiente, después que me dieron el alta, se desato la guerra. Pero al ser dragoñante no podía moverme a más de 50 km de mi casa ya que podía ser convocado en cualquier momento para combatir. Llego a mi casa una notificación al respecto, días de mucha angustia, pero finalmente no me enviaron”.

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Yo tengo mucha información en mi cabeza de lo que sucedió. Lo siento tan cercano y lejano a la vez…El hecho de estar ahí, viendo el contorno de las Islas fue, sin dudas, muy fuerte.

Volver y poder

La segunda vez que llegamos a las Malvinas finalmente pude descender. Los tripulantes podemos acceder a excursiones liberadas o sin costo, siempre y cuando hayan quedado boletos sin vender entre los pasajeros. Los boletos que sobraban se distribuían entre nosotros. De esta forma conseguí pude finalmente ir a la excursión al cementerio de Darwin. En ese momento yo era una pasajera más. ¡Lo logré!

Bajé del barco a las 7 AM junto al resto y puse mis pies en las Malvinas. Se mezclaron mil sensaciones. Angustia, cierta melancolía de algo q mi alma y mi mente no lograban entender. Por otro lado, alegría de estar en un lugar al que tan pocos argentinos llegan, al que es tan difícil viajar y conocer. Ya en el cementerio el clima se hacía sentir. Garuaba y había un viento fuertísimo. Bajamos del micro y me agrupé con otros argentinos que estaban haciendo la excursión. Caminamos juntos y ahí estaban las tumbas. Leí las lápidas que decían:

«Soldado argentino sólo conocido por Dios»

Me quedé helada cuando me di cuenta que no estaban identificados.  Yo no sabía que los cuerpos aún estaban enterrados en el cementerio. No sé por qué creía que los cuerpos habían sido traídos a la Argentina. Tiempo después leería en un diario porteño que pronto comenzarían las tareas de investigación e identificación de los cuerpos.

El guía me comento que el hecho de dejar los cuerpos en las Islas fue una decisión de las madres y familiares de los soldados caídos, quienes creían y aún creen que los cuerpos de los soldados combatientes deben permanecer allí.

Siento que debe ser una sensación de pertenencia importante, si murieron allí, en combate, que se queden ahí como si en algún punto ese lugar fuera de ellos. Un terrero donde descansar en paz. De todos modos, todo esto me pareció tan frío y tan fuerte que no pude seguir hablando del tema.

Una señora argentina estaba con nuestra bandera y todos los argentinos que estábamos ahí (seríamos unas 5 o 6 personas) se la pedimos prestada para una foto en el lugar.

Regresamos con el micro hacia el centro de la isla donde hay algunos bares, restaurantes, locales de regalos y recuerdos. Son unas pocas cuadras y todas muy pintorescas. No se ve un sólo papel en la calle y el acento inglés está presente en cada diálogo. Hay muchos chilenos viviendo y trabajando en los locales. No había internet libre en ningún lado y la comunicación no me pareció sencilla. Compré un mapa y una libreta en un local de regalos. Tomé un café, comí torta, caminé y volví a la embarcación.

Ese día fue raro. Lloré. Era una gran mezcla de sensaciones…

No hay 2 sin 3

La tercera vez que fuimos conseguimos con dos de mis compañeros de banda, Guido y Hernán, una excursión por los campos de batalla.

Esta excursión estuvo a cargo de un guía chileno. Durante las dos horas de viaje, pasamos por los campos de batalla, los recorrimos. El paisaje en esa parte de la isla es desolado, frío, gris.
Muchas rocas, algunas ovejas, un pingüino…solo. Suelto. Parece q se había perdido…le saque una foto.

Pasamos por un lugar llamado Boot Hill o Loma de botas, donde la gente deja un zapato con la promesa de volver a esa tierra para dejar su otro zapato. Es una linda costumbre que se ha armado allí. Pude tomarle una fotografía.

Llegamos a un descampado donde habían sido derribados dos helicópteros argentinos. Allí bajamos y tomamos algunas fotos.

La cuarta, a poco de los 30

Volví a viajar en enero, precisamente el 12 de enero de 2017, justo un día antes de mí cumpleaños.

El 13 sería “día de mar” (así lo llamábamos al día en el que no se hace puerto) y quería comprar una torta para celebrar mi cumpleaños en alta mar. Compramos unas porciones en un local del centro y quienes atendían, muy amables, accedieron a tomarse una foto conmigo. Es una tienda muy cálida, ideal para pasar la tarde. Se llama Bittersweet y pueden encontrar opiniones y referencias en TripAdvisor.

Después fuimos con Guido a un local muy lindo donde vendían artesanías, instrumentos musicales y tejidos.  Él compró algunos pinceles para su papá que es artista plástico y yo me compre un bolso de mano y sahumerios. Este también era un lugar muy cálido. Y las señoras que lo atendían eran muy amables. Parecían salidas de una película.

Les dijimos que éramos argentinos y ellos nos comentaron que ellos no se consideraban ingleses, sino isleños. Nos mostraron unas monedas acuñadas en Malvinas, unas monedas isleñas. Me entregaron una bolsita con una de cada valor, que conservo de recuerdo. Me contaron que aparte de la moneda inglesa usaban esas monedas y que la intención de ellos es dejar de usar la libra
esterlina.

En todos nuestros descensos y caminatas nos sentimos muy cómodos. El hecho de ser argentinos no había representado una dificultad o un motivo para que nos discriminen ni mucho menos. En un solo lugar encontramos carteles que nos llamaron la atención.

VUELOS

“Nosotros no queremos más vuelos que entren o salgan hacia la Argentina. Cumplir con la convención civil internacional”.

PAZ

La paz solo se logrará si Argentina:
-Cesa todas las hostilidades contra nosotros.
-Pide disculpas por invadir nuestro país.
-Reconoce nuestros derechos de autodeterminación.
-Suelta su reclamo de soberanía”.

DIALOGO

Ningún diálogo es posible hasta que Argentina deje de reclamar
nuestras islas. Respeten nuestros derechos humanos”.
Volvimos al barco. Al día siguiente cumplí mis 30 años en el Cabo de hornos.

La quinta, conociendo el arte isleño

En este nuevo viaje me topé con una historia difícil de creer.

La quinta vez que fuimos a las Malvinas repetimos nuestra rutina isleña. Fuimos al mismo bar y yo salí a fumar (no fumaba seguido, quiero aclarar pero de vez en cuando me gustaba comprar cigarrillos de los diferentes países donde visitaba y
probar el sabor de una nueva marca). Le pedí fuego a un muchacho con tatuajes y me quede charlando con él fuera del local. Resulto ser James Peck, un artista plástico isleño, con la particularidad de ser el primer isleño en pedir la nacionalidad
argentina. Me contó que se casó con una mujer argentina y que tuvo dos hijos.

Luego de divorciado, divide su tiempo entre Buenos Aires y las islas. Nos invitó a Guido y a mí a recorrer parte de la isla. Nos llevó a unas playas con arena blanca, blanquísima. Parecía un paisaje dibujado…no lo podía creer. Había unas algas en el piso llamadas Kelp. Nos explicó que la isla estaba rodeada de estas algas y que es por eso que los ingleses apodaron a los isleños, Kelpers, aunque, claramente, a ellos no les gusta ese apodo y prefieren ser llamados Malvinenses o isleños.

En un momento le sonó el celular. Era su hijo desde Bs as. se quedó hablando un rato. Medio español medio inglés… después nos subimos a la camioneta de nuevo y nos llevó a unas playas a buscar caracoles. Charlamos de la vida mientras buscábamos los caracoles. James buscaba algunos que pensaba q podía usar en sus obras de arte y Guido buscaba unos de color violeta. Nos llevó al centro y le agradecimos el recorrido.

Nos despedimos de él y prometimos llevarle yerba y alfajores si regresábamos.  Lo busque ese día en google todo lo que nos contó era cierto. Es un excelente artista y en sus obras está presente la guerra.

Nos despedimos de él y prometimos llevarle yerba y alfajores si regresábamos.  Lo busque ese día en Google, y todo lo que nos contó era cierto. Es un excelente artista y en sus obras está presente la guerra.

Pasaba el tiempo y en el viaje desde Malvinas a Rio de Janeiro estuve pensando muchísimo en todo lo q habíamos vivido en las islas. Sentía que quería darle un cierre grande a esa experiencia y quería aprovecharlo. Le propuse a Guido tocar y grabar el Himno Nacional Argentino con guitarra y voz. Él se emocionó muchísimo y aceptó sin dudarlo. Ensayamos muchísimo en el barco. Estábamos nerviosos y ansiosos a la vez. Leandro, él bajista, nos filmaría.

La sexta

Es hora de dejar una marca en las Islas

Llego la sexta y última parada en las Islas. Después de mucho ensayo nos animamos. Bajamos los tres del barco y buscamos un lugar donde poder hacerlo tranquilos. Fuimos detrás de un mercado de regalos, medio escondidos .No voy a negar que sentí miedo y adrenalina, pero también sentía muchas ganas de hacerlo. Era una suerte de responsabilidad que había tomado conmigo misma: “Yo Sabrina Hoffman, argentina de 30 años, estuve en las Malvinas seis veces. Tengo que dejar mi marca acá quiero grabar un video cantando el Himno Nacional”, eso sentía.

Grabamos como tres o cuatro veces atrás del mercado. Pasaba gente por detrás y teníamos que cortar el video. Dejábamos de tocar. Se me ponía la piel de gallina. Empezábamos de nuevo y venia un turista con la cámara a sacarle foto a un pájaro, y de nuevo Leandro cortaba la filmación. Yo dejaba de cantar, y así una y otra vez. Me cansé y les propuse ir a grabar a un predio que había detrás de un monumento de Margaret Thatcher.

Fuimos los tres. Nos sentamos unos cuantos detrás de ella y nos animamos a hacerlo. Yo estaba en cuclillas, Guido sentado.
Me puse de pie cuando llego el final de nuestro himno. Cantando, subí el volumen de mi voz y me levanté. Se me fue el miedo. Fue una forma de honrar a los soldados caídos y a los que siguen en pie, tan olvidados por momentos.

Nos abrazamos los tres con la sensación de haber cumplido con nuestro objetivo.
Justo al terminar, se acercó un hombre, argentino. Nos había escuchado y vino a abrazarnos. Nos sacó unas fotos que luego me envió a mí por mail. Hermoso recuerdo de aquella tarde.

Estas son las dos fotos que me envió.

Caminamos un buen rato por ahí y regresamos al barco. Nos despedimos con un lagrimón pero con una sensación de alma llena. Habíamos tenido la inmensa suerte, como argentinos de recorrer de punta a punta nuestras Islas y de haber cantado y tocado nuestro himno argentino. Espero lo disfruten y sientan tanto como lo hicimos nosotros.