Llegó el momento de sentarse a escribir sobre mi viaje a Varanasi.

Es probable que algunas  cosas suenen exageradas, pero intentaré ser fiel a todo lo que sentí. Absolutamente a todo. Pero creo conveniente empezar por el comienzo, como corresponde.

Siempre quise conocer India, especialmente Varanasi. ¿Por qué? Porque en el 2010 comencé a practicar yoga y meditación, y varias lecturas me llevaban a este lugar. Varanasi, ciudad sagrada para el hinduismo, jainismo y el budismo, ciudad que escolta el río Ganges, donde los fieles van a purificar sus almas y morir. Es tal vez una de las ciudades más antiguas del mundo y eso no es un dato menor.

Allá por 2011 decidí participar de un concurso que organizaba la Embajada de India en Buenos Aires. La consigna era escribir sobre un destino de India y, luego de lecturas y búsqueda de fotos en la web, escribí unos párrafos sobre Varanasi, sin siquiera haber puesto un pie ahí.

Buenos Aires, Agosto, 2011.

 “Atardecer en Varanasi”

Nunca viajé a la India. Me encantaría poder hacerlo en el corto plazo. Desde hace varios años, cuando comencé a meditar y profundizar en mis ejercicios de respiración, la India se plantó firme en mi lista de destinos que quiero conocer. En mi mente siempre tuve una foto que me pareció tan intensa en sus colores como en aquello que trasmitía. Tomé la foto, me imaginé sentada frente a esa escena y escribí.

“Después de tanto andar, finalmente estaba ahí. La búsqueda nunca termina para quienes sueñan y este camino parece no tener fin.

El atardecer resaltaba los tonos ocres en Varanasi y sabía que ya nada volvería a ser igual. La bruma esfumaba el paisaje y absorbía los restos de un sándalo encendido. Las estrellas de vela que iluminaban el río, allá, a lo lejos, comenzaban a desaparecer.

Descalza, me adentro en el paisaje y encuentro un lugar entre la gente.  Observo el entorno y mi mirada se cruza con otras, muy profundas y tranquilas. Por momentos necesito preguntar, entender por qué. La respuesta está ahí, esperando paciente.

Despojado de todo miedo, a unos metros, un hombre de cuerpo débil y postura firme simplemente aguarda. Parcialmente sumergido en el río Ganges, al pie de los gaths, esta él, como al encuentro de un viejo y conocido amigo, esperando morir. Unos segundos en silencio bastaron para comprender. Para él, el camino tampoco termina allí.

En posición zazen, con la mirada perdida frente al río, cierro los ojos y comienzo a ser parte de todo.”

Hoy, a la distancia, encuentro que esas palabras fueron justas y precisas pero carentes de realidad. Varanasi es uno de esos destinos para los cuales los occidentales no estamos del todo preparados. Al menos yo no lo estaba…

Llegué a Varanasi un domingo al mediodía. El calor era seco, pero pesaba. Si bien la aplicación del clima de mi celular decía que era un día soleado y despejado, la bruma y el smog formaban una resolana, similar al efecto de las nubes. Me encontré con mi chofer, quien me esperaba con un cartel. Arvind era su nombre. Era muy simpático y entablamos conversación rápidamente. Me alertó que el viaje duraría cerca de una hora. Según él, antes se tardaba mucho más y, por ser domingo, había poco tráfico. Supo indicarme el límite exacto entre la parte nueva y vieja de la ciudad y me advirtió que debíamos pasar a buscar al guía que me acompañaría al hotel. Eso me pareció un poco raro porque no tenía prevista una excursión para ese día, pero recuerdo que en ese momento pensé que tal vez el guía debía pasar a buscar a otros pasajeros.

Llegar a una ciudad nueva en India es hipnótico. No puedo dejar de mirar por la ventana y sentir. Me pregunto cosas que no puedo responder. Mis ojos se encuentran con otros ojos y permanecemos por unos pocos segundos conectados. Es muy difícil no sentirse observado en India. Casi tan difícil como no convertirse en un observador serial.

Luego de unos cuarenta minutos de viaje nos detuvimos frente a un hotel que no era el mío. Por un momento pensé que ya había llegado a destino, pero el conductor rápidamente me quitó la ilusión. Efectivamente sube Shiv al auto y se presenta como el guía. Shiv y Arvind conversaban entre ellos y también me hacían algunas preguntas de rutina sobre mi país y el motivo del viaje.

Mientras todo eso sucedía, las calles se hacían angostas y se llenaban de gente. Cada vez más gente, más vacas, más motos. Muchos locales abiertos, personas, embotellamiento, Rickshaws, vacas. El paisaje se iba tornando caótico y perturbador ¿Cuándo no?

De repente el auto se detuvo en una esquina. Mis ojos buscaban el nombre del hotel en algunas de las fachadas pero no lo encontraba. Solo veía palabras escritas en hindi y manojos de cables colgando de un lado a otro. Nos bajamos y el chofer me dijo que lo siga, que debíamos caminar unos 500 metros y que los autos no tienen acceso a zonas cercanas al Río Ganges. Ok, eso no me lo esperaba. Comenzamos a caminar y la gente se acercaba sin ningún reparo. Las vacas venían en todas las direcciones y no sabía qué esquivar primero.

La mochila en la espalda me hacía transpirar a chorros y los ruidos me aturdían. No sabía bien hacia dónde dirigir la mirada, solo tenía en claro que debía seguir al chofer y al guía. Los carros de vendedores pasaban en todas las direcciones. Gritos, bocinas, la voz del guía y el conductor indicándome por donde ir y apurándome para no perderlos de vista. Me preguntaba todo el tiempo “¿Qué estoy haciendo acá?”. Fueron las cinco cuadras más largas de mi vida.  Los olores que acompañaban el trayecto son confusos: comida callejera, animales, combustión, fragancias intensas que no pasaban desapercibidas.

Nos encontramos con un chico que vestía una remera con el nombre del hotel “Palace on River”. Me saludó, tomó mi equipaje y se lo cargó en la espalda con una liviandad admirable. Me ofrecí a llevarlo yo, pero se negó rotundamente. “Ahora debemos caminar por aquí”, me indicó. Nos metimos en una suerte de callecita, como un pasaje angosto. Solo pasaban dos personas o, en su defecto, una vaca. Los cables y las paredes daban sombra, pero me hacían sentir un poco de asfixia. El calor y los olores se acentuaban.

A los costados había pequeños locales, templos, peregrinos durmiendo, algunos otros comiendo, perros, ofrendas tiradas en el suelo, gente que se gritaba una a la otra…

Hotel Palace on River

 

Hotel Palace on River, Varanasi

A los pocos pasos ya había perdido la noción del recorrido. Mi espalda estaba empapada y había decidido fijar la mirada en el suelo. Delante, unos niños jugaban y me miraban. Estaba aturdida, completamente abrumada y era una sensación que podía sentir en el pecho. Me aumentaron las pulsaciones y la respiración se entrecortaba. Todo hizo eclosión y sentía ganas de llorar, de volver a Mumbai.

Levanto la mirada y veo, hacia el final del pasillo, al río Ganges. El hotel estaba justo enfrente. Subí unos escalones altos y entré a la recepción. Apenas puse un pie en el hotel, me dieron la bienvenida con un collar de flores. Nuevamente los olores se mezclaban y podía sentir un fuerte incienso mezclado a olor a flores. Necesitaba sentarme al menos dos minutos. El guía me preguntaba si quería salir a navegar, el recepcionista me pedía el pasaporte y la copia de la reserva mientras me preguntaba cosas sobre mi país con una sonrisa de oreja a oreja. Yo solo decía que necesitaba descansar.

Por primera vez en todos mis viajes (y en todos mis viajes a India) llegue a sentir cierto pánico o angustia al llegar a un lugar. Quería estar sola, estar lejos de todo ese caos que rodeaba el hotel y en el cual iba a permanecer por tres días. Luego de varios intentos por entablar una conversación, el recepcionista se dio por vencido y me dio la llave de la habitación. Dos pisos más por escalera. A medida que subía, el olor a sahumerio se suavizaba, pero el calor seguía siendo insoportable.

Entré a la habitación, dejé todo lo que cargaba en la espalda y me lavé la cara con agua fría. Encendí el ventilador y me acosté en la cama. Necesitaba estar así. Puse la vista fija en el ventilador mientras giraba a toda velocidad. En otro momento hubiera salido corriendo a recorrer la ciudad, pero no podía. Esta vez no. Quería reencontrarme conmigo antes de salir. Se me caían las lagrimas y no sabía bien por qué. Simplemente dejé que eso suceda y para liberarme decidí escribirlo.

Ojos abiertos

Aturdidos

Despiertos

La gente me habla

Ignoro, casi sin querer.

Ya no puedo mirar más.

Ya no puedo escuchar más.

Me encierro en mi habitación.

Dejé esas sensaciones en mi cuaderno rojo y me sentía un poco más aliviada.

No tenía plan más que caminar un poco por los gaths y ver caer el sol. El reloj decía que debía comer algo, pero no podía pasar bocado. Comencé a caminar bordeando el Ganges y todo era barullo nuevamente. Antes del atardecer salen embarcaciones que recorren el río y llevan a fieles, turistas y curiosos a ver caer el sol.

Caminaba sola y me preguntaban si quería subir a los botes. Yo solo quería caminar, ser un poco invisible. Vi muchos monjes totalmente despojados, apenas con lo puesto, totalmente entregados. La gran mayoría descalzos. Algunos casi desnudos sumergidos en el río. Niñas y mujeres vendiendo ofrendas. Instrumentos que sonaban a lo lejos.

Humo, siempre un humo que cubre sutilmente la atmosfera. Humo de cremaciones, de inciensos, de las pequeñas velas que se apagan mientras flotan en el río. Un niño remonta un barrilete en medio de todo el alboroto y me contagia un poco su felicidad. Lo simple adquiere protagonismo. No se necesita mucho más.

Voy comprendiendo y aceptando lo que veo. Quisiera sentir lo que sienten. Los veo tan seguros ante la muerte y ante la vida que despiertan mi admiración. Vida y muerte conviven sin temor. Y yo empiezo a sentirme mejor.

Y como escribí años atrás…

En posición zazen, con la mirada perdida frente al río, cierro los ojos y comienzo a ser parte de todo.