Un paisaje en palabras: Jericoacoara, la esencia de todas las playas.

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Conozco varios destinos de playa y todos y cada una de ellos tienen algo para destacar: el color de sus aguas, la temperatura, la amplitud de sus playas, los entornos de bosques, la calidez de su gente…
Son muchos los elementos que hacen que un destino de playa nos gusten más o menos, pero son pocos los lugares donde podes respirar una atmósfera especial. Eso me sucedió en Jericoacoara y te lo cuento en este post.

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Promediaba el Blog Trip Expedia y sabía que lo mejor estaba por llegar. Iba a cumplir el sueño de conocer uno de los destinos que daba vueltas en mi cabeza desde hacía ya varios años.
Cuando llegué a Jeri estaba viendo mucho más que una playa, estaba ante la esencia de lo que había sido alguna vez todos los otros destinos de playa que conocí hasta el momento. Es un pequeño poblado de pescadores, de tan solo cinco calles de arena. No existen las veredas ni el pavimento y el alumbrado llegó apenas hace pocos años. Sus tres calles más importantes son San Francisco, Principal y Forró. Imposible perderse, ¿No?
La dinámica de este destino se compone de momentos breves y sencillos, tales como ver el amanecer, disfrutar de la pesca fresca del día en la playa, encontrarnos todos en las dunas para ver caer el sol, luego ver capoeira frente al mar y tomar una cerveza fresca bajo un cielo iluminado por el blanco de estrellas.

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Así es Jeri, simple y rústica. Su encanto enamoró a más de un turista que decidió quedarse allí. No hace falta calzado para caminar sus angostas calles, ni para entrar a un restaurante, y gran parte de lo que empaque en mi maleta quedo sin uso. Los botes pescadores posan en la orilla y pintan una postal de contrastes de colores.
Nunca falta algo de música, una sonrisa y un saludo por parte de quienes viven ahí.  Se percibe una energía potente, una combinación de alegría y tranquilidad de su gente, quienes no dudan en recomendarte cosas por hacer, sitios donde comer (próximamente se viene un post gastronómico del destino).
Más allá de las actividades que pueden hacerse en Jeri y los alrededores, las cuales tendrán un espacio aparte en el blog,  este destino ofrece pequeños rituales que acompañan el acontecer del día y no quiero dejar de mencionar.
El día comienza temprano. Ni bien amanece ya están los pescadores copando la orilla. Se lo puede ver sacando la pesca del día, yendo y viniendo del mar. Las pequeñas embarcaciones son coloridas y pintan un cuadro digno de fotografiar. Somos algunos los que estamos dando vueltas por ahí, observando, preguntando.

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Es momento de salir a caminar por la orilla, aprovechando que la marea esta baja y nos permite saltar de piedra en piedra. A partir del mediodía el mar comienza a acercarse a las sombrillas y a ganar metros de playa. Ante semejante panorama, es imposible no dedicarle un día entero a disfrutar de la costa, relajarse, leer un buen libro y escribir.
Alrededor de las 17.00 comienzan los preparativos para el atardecer. Es momento de levantar nuestras cosas y dirigirnos a “la duna”. Un pequeño ascenso por la arena, encontrar la ubicación perfecta y, cual si estuviera en el cine, dejar correr la película. Podría ver ese paisaje una y mil veces. Ojalá todas las rutinas fueran así de imponentes…Todo Jeri esta viendo el sol caer. Cuando finalmente se esconde en el horizonte, se escuchan aplausos, ovaciones y se ve más de una lagrima. No exagero.

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Luego de deslizarnos como chicos por la duna, nos recibe el mar nuevamente. De lejos se escucha la percusión. Allí está un grupo de personas tocando instrumentos y haciendo Capoeira. Me acerco al pequeño tumulto y me sumo como espectadora de una expresión corporal que encaja perfecto en este lugar.  Defensas y ataques camuflados en un baile. La alegría siempre presente, a pesar a todo.

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Se encienden las primeras luces. En la calle no hay alumbrado público, sólo aquellos de las posadas y pequeños comercios. En el cielo se dibujan las primeras estrellas, que luego se volverán más y más intensas.

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Así es Jeri. Una suma de rituales que no te cansas de ver y de vivir. Momentos simples que te permiten disfrutar el aquí y ahora. No hay mucho más en que pensar. La naturaleza y el entorno marcan tu pulso. Imagino que muchas de las grandes playas fueron alguna vez así, como Jerí, un pequeño paraíso que supo conserva la esencia de todas las playas.

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